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Casi todas las cosas que nos rodean tienen plástico, quizás por eso es que producimos unos 300 millones de toneladas de este material al año. Pero, ¿cuánto del plástico desechado se recicla? Solamente un 3%, mientras el resto va a atascarse a algún lugar del planeta, quedándose por siglos en vertederos y océanos, dañando ecosistemas, cadenas alimenticias y el medioambiente.

Una simple bolsa plástica puede tardar unos 500 años en degradarse, según estimaciones de la ciencia, y aunque se han hecho esfuerzos por crear plásticos biodegradables, éstos no han alcanzado a impactar a la gigantesca industria construida en torno a estos productos, por su escasa versatilidad. Al menos hasta ahora.

La solución la ofrecieron silenciosamente los animales invertebrados con sus caparazones: escarabajos, camarones, crustáceos. Investigadores del Instituto Wyss de la Universidad de Harvard descubrieron una nueva fórmula para fabricar plástico orgánico en base al quitosano, el componente que le da elasticidad a la caparazón de los escarabajos, recubre a los camarones y conchas, además de darle flexibilidad a las alas de las mariposas.

Esto se había estudiado tímidamente a principios del siglo XX, pero con la aparición del plástico convencional se dejó de lado hasta que se retomó en la actualidad. Desde el año pasado, un equipo de científicos logró crear un plástico orgánico que se degrada en solamente dos semanas, sirviendo además como estimulante para el crecimiento de las plantas. Lo llamaron Shrilk.

“Empleamos técnicas de microelectrónica y nanotecnología para diseñar la estructura y las propiedades extraordinarias que posee el quitosano en la naturaleza para poder, así, destinarlo a otras aplicaciones”, explica el Dr. Donald Ingber.

Una gran ventaja es que el quitosano es barato, porque tradicionalmente se lo ha desechado, como por ejemplo las cabezas y cáscaras de camarones en la industria pesquera. Además es muy común, es el segundo material orgánico más abundante en la Tierra luego de la celulosa.

Actualmente, la mayoría de los bioplásticos están hechos de celulosa, material de origen vegetal que se extrae de los árboles. La mayoría de ellos se utilizan en envases y recipientes para alimentos o bebidas, pero no ha sido posible utilizarlos para formas complejas en 3D que puedan ser fabricados de manera masiva con la misma resistencia que un plástico común y corriente.

El Shrilk, al reproducir las propiedades naturales del quitosano, tiene una fuerza que duplica al plástico y permite fabricar a gran escala objetos cotidianos de plástico con la misma firmeza que en su versión no biodegradable, desde bolsas, recipientes y juguetes hasta celulares o prótesis médicas.

Hay una necesidad urgente en muchas industrias de materiales sostenibles que se puedan producir en masa.

“Nuestro método de fabricación escalable muestra que el quitosano, que está disponible de manera fácil y barata, puede servir como un bioplástico viable que podría utilizarse en vez de los plásticos convencionales para numerosas aplicaciones industriales”, insiste el Dr. Donald Ingber

Este nuevo bioplástico podría ser utilizado para hacer bolsas de basura, envases y pañales que se descompongan en pocas semanas, mientras sirven de tierra fértil para el crecimiento vegetal. En unos años la producción de quitosano podría ser a gran escala. Aún la técnica para fabricar el shrilk requiere que las empresas modifiquen su proceso productivo y por eso el equipo continúa trabajando y perfeccionando sus aplicaciones para poder sacar esta innovación del laboratorio y llevarla al mundo de la industria, logrando un verdadero impacto medioambiental.

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