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Despertarse solo en un lugar desconocido y que el único plan sea salir a explorar un lugar nuevo es  apasionante y estimulante pero a la vez desconcertante.

Pero los aspectos más aterradores de esta experiencia son precisamente los que la hacen tan atractiva.

Las almas aventureras están enamoradas de territorios inexplorados y desconocidos. Están impulsadas ​​por el deseo de viajar, y poseen un anhelo perpetuo por descubrir lo nuevo e incógnito. Los que viajan solos poseen estas características y más allá de eso, reconocen el valor inherente del disfrute y el dinamismo que nos ofrece la tierra. Todos somos ciudadanos del mundo, y viajar solo es la confirmación de esto. Cuando viajas solo, no perteneces a nadie y a todos a la vez.

Viajar con otros es una gran experiencia, pero también es mucho más predecible. A través de travesías en solitario uno logra sentirse cómodo, dejarse llevar y fluir lo que es vital para el éxito, la supervivencia y la felicidad. Sin embargo, viajar solo está subestimado.

El viaje en solitario te permite establecer el ritmo del viaje ya que armas tus propios planes y organizas los horarios. Pero sin nadie que cuide tu espalda, también eres responsable de tu propia seguridad de modo tal que tus instintos se convierten en tu guía y mejor amigo. Cuando te aventuras sólo en lo desconocido tus alarmas se encienden.

Al estar inmerso en lo desconocido se activan tus instintos y eres más perceptivo, como un mecanismo de supervivencia. Por lo tanto absorbes, asimilas e interiorizas mucho más de lo que lo harías si viajaras con compañeros. De este modo percibirás, sentirás y aprenderás más de lo que jamás hubieras imaginado.

Los viajes individuales nos ayudan a dejar atrás la ingenuidad que teníamos acerca del mundo, ampliando nuestra perspectiva y volviéndonos más conscientes acerca de nuestras vulnerabilidades e idiosincrasias.

En pocas palabras, viajar solos nos vuelve más sabios y cultiva el descubrimiento tanto interior como exterior, reduce el estrés y aumenta el autoconocimiento.

De todos modos, si viajas en solitario, habrá momentos en que te sentirás muy solo. Incluso si estás completamente rodeado de gente, la soledad puede arrastrarte, sobre todo si estás en un lugar donde nadie habla tu lengua nativa y la comunicación es difícil. Pero la experiencia también te ayudará a entender la importante diferencia entre estar solo y sentirte solo.

Sentirse solo incrementa los sentimientos de aislamiento y devasta el espíritu. Por el contrario, estar solo desarrolla la autoconciencia y paradógicamente nos hace sentir más conectados con el mundo.

Nunca estamos realmente solos, pero es difícil reconocerlo sin tiempo para reflexionar sobre el tema. Los humanos somos seres sociales; no sobreviviríamos sin la presencia de otras personas. Al buscar compañía, sin embargo, muchas veces dejamos de reconocer los beneficios del estar solo.

La vida está llena de distracciones, y muchas veces se vuelve difícil vivir en el momento. Necesitamos tiempo para sentarnos en la compañía de nuestros pensamientos y procesarlo todo. Viajar solo permite un espacio para este tipo de reflexión positiva. La reflexión es vital para nuestra salud mental, y es mucho más fácil hacerlo cuando estamos separados de otros.

Las investigaciones muestran que la meditación, o la práctica de concentrarse 100% en el presente, disminuye la ansiedad significativamente y ayuda a reducir el cortisol, la hormona del estrés.

La conciencia más elevada que acompaña a este tipo de viaje, combinada con el entusiasmo de las nuevas experiencias, inconscientemente enfoca tu mente en el presente. En consecuencia, comienzas a dejar atrás el pasado, los dolores y arrepentimientos que muchas veces te acompañan. Al mismo tiempo, dejas de preocuparte demasiado por el futuro.

Dicho de otro modo, viajar solo te ayuda a liberar tu mente y te enseña a celebrar cada inspiración de aire que puedes tomar.

Quizás el mejor aspecto de viajar solo es que mientras descubres el mundo también descubres tu verdadero yo. Es una forma de viajar intrínsecamente autoreflexiva.

Las limitaciones que te has puesto a ti mismo se dilucidan, inspirándote a tomar un paso fuera de tu zona de confort.

Te vuelves amigo de personas desconocidas, comes comida de la cual nunca has oído, escuchas música tocada con instrumentos que no puedes nombrar y comienzas a ver el mundo bajo una luz completamente diferente.

En el proceso, te conviertes en un individuo mucho más lleno de confianza, listo para salir al mundo con nada más que una sonrisa en la cara y una ardiente pasión por las nuevas experiencias.

Esta epifanía hará que te deleites con la diversidad natural que ofrece el mundo y sus habitantes.

En palabras simples, viajar solo te volverá más amable, más empático y en un individuo más introspectivo.

Te enseñará a buscar y celebrar las cosas poco familiares, haciéndote más apto y adaptado a la única cosa constante en la vida: el cambio.

Encontrarás respuestas a preguntas que no sabías que te estabas haciendo, tener aventuras que nunca imaginaste que tendrías y crecerás como persona en infinidad de aspectos.

Viajar solo es elegir perderse con el fin de encontrarse.

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