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El célebre aviador y escritor francés vivió en Argentina durante dos años: tiempo suficiente para explorar la geografía de América del Sur desde arriba y caer desesperadamente en el amor, dos aventuras dramáticas que inspiraron su trabajo.

“Me encontraba en Argentina como en mi propio país, me sentía un poco vuestro hermano y pensaba vivir largo tiempo en medio de vuestra juventud tan generosa”, escribió Saint Exupéry en una carta, después de abandonar el país.

Autor de novelas tan célebres como El principito o Vuelo nocturno, Antoine de Saint Exupéry, apodado Saint-Ex por sus amigos, nació en Lyon, Francia en 1900, realizó su primer vuelo a los 11 años de edad y el 31 de julio de 1944 desapareció misteriosamente en un vuelo sobre el mar Mediterráneo, cerca de la costa de Marsella.

El escritor francés viajó por primera vez a Argentina a finales de los años 20, a los 29 años para tomar un puesto de trabajo de vuelo para Aéropostale, una empresa francesa que amplía sus servicios de correo aéreo en América del Sur. Luego fue fundador y primer piloto de la Aeroposta Argentina, la primera compañía de aviación del país, que se dedicaba fundamentalmente al transporte de correspondencia y en menor medida al de pasajeros. Saint Exupéry descubrió inhóspitos lugares del territorio que cautivaron su atención. La Cordillera de los Andes, los bosques, la estepa, los valles y las costas patagónicas fueron su gran pasión.

En Buenos Aires escribió una de sus novelas, conoció a su gran amor y terminó con el aislamiento que padecían numerosos pueblos sureños. Llegó hasta el Fin del Mundo en la provincia de Tierra de Fuego y unió las localidades de Bahía Blanca, Viedma, Trelew, Puerto San Julián, Comodoro Rivadavia, Puerto Deseado y Río Gallegos. Fueron más de 15 meses de aventuras y viajes a lo largo del territorio argentino.

Al principio, la ciudad capital lo deprimía: describía Buenos Aires a su madre como «otro tipo de desierto». Pero el escritor y piloto en ciernes quedó encantado con las vistas desde el cielo al cubrir rutas hacia el norte hasta Asunción, Paraguay, a través de los Andes a Santiago, Chile, y a la Patagonia. Las aventuras de Saint-Exupéry volando sobre Argentina y Chile formaron la base de su novela de 1931 “Vol de Nuit” (Vuelo nocturno), un libro que fue recibido con gran aclamación en su Francia natal.

En particular, el paisaje argentino también inspiró imágenes de su obra más famosa, “Le Petit Prince” (El Principito) de 1943: su famoso dibujo de la boa constrictora que tragó un elefante, por ejemplo, fue modelado en una montaña de forma inusual de la Península Valdés, en las costas del sur de Argentina.

La vida en el suelo de Buenos Aires se hizo mucho más inspiradora en 1930, cuando Saint-Exupéry conoció a Consuelo Suncín de Sandoval, una glamorosa artista salvadoreña dos veces viuda ya a los 29 años. El piloto, locamente enamorado, invitó a Suncín, horas después de haberla conocido a dar un paseo en su pequeño avión y se le propuso sobrevolando la ciudad. A pesar de la desaprobación de su familia y amigos, la pareja se casó en Francia poco después.

Su tumultuosa historia de amor, que se desarrolla en varios continentes, sobreviviendo a múltiples rupturas y varios accidentes de avión, salpicada por asuntos extra matrimoniales en ambos lados, duró el resto de la vida del escritor. Incluso la relación continua del escritor con su amante francesa, Hélène de Vogüé, no disminuyó el impacto que su esposa marcó en su obra. Sus biógrafos coinciden en que Suncín era su musa y probablemente la inspiración para la Rosa, hermosa, vana, tempestuosa, en El principito.

Hasta su muerte, Consuelo recordó a su amado. Hasta que la rosa finalmente se marchitó una tarde en París.

Volar los cielos patagónicos en 1930 era un acto heroico. Los pilotos debían afrontar violentos vientos, fríos glaciales y en invierno pistas cubiertas de nieve con medios de comunicación y orientación rudimentarios.

Los habitantes dan testimonio de su paso y el de sus compañeros de vuelo. Así lo recordaba Camila Raquel Aloyz,  hija de don Julio Aloyz , gerente de la Agencia de la Aeroposta de Puerto San Julián.

“La primera vez que los vi me atemorizaron. Con sus grandes trajes de cuero, y sus antiparras parecían monstruos. Entraban siempre por la puerta de la cocina. Eran amigos de mi padre. Creo que mi casa era un refugio para ellos. Decían que no había nadie en el mundo como los patagónicos por su recibimiento caluroso. Así como ellos abrieron nuestros cielos, nosotros les abrimos nuestros hogares. Estos hombres trajeron el mundo a nuestra Patagonia. Abrieron el cielo, abrieron las rutas, y teníamos que mimarlos”.

“En invierno ayudábamos a los pilotos a colocarse el traje, e interiormente los envolvíamos con papel de diarios, arriba el frío era intenso, especialmente en invierno, ya que los primeros aviones Latécoère no tenían cabina, sólo parabrisas”, agrega Aloyz.

Vistas aéreas que inspiraron las ilustraciones y el fundamento de un amor que se convirtió en la base narrativa de su obra más famosa dibujan las huellas de sus días por Argentina.

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