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Las rosas pueden ser rojas, pero definitivamente no son “verdes” según la investigación de Scientific American. A medida que millones de parejas intercambian bouquets de rosas rojas antes del Día de San Valentín, es posible que quieran considerar que la flor tradicional del amor tiene un impacto ambiental peor que la mayoría de los otros cultivos. De hecho, de acuerdo con el sitio de flores ambientales Flowerpetal.com, los 100 millones de rosas cultivadas para un típico Día de San Valentín en los Estados Unidos producen unas 9,000 toneladas métricas de emisiones de dióxido de carbono (CO2).

La conexión entre las rosas y el amor se remonta a Afrodita en Grecia o Venus en Roma: las diosas del amor. La industria de la flor cortada, o floricultura, se desarrolló en Inglaterra a fines del siglo XIX y ahora se estima en unos 33 mil millones de dólares. Los Países Bajos, Estados Unidos y Japón materializan casi la mitad del comercio mundial de flores, y la mayoría del mercado se distribuye a través de los Países Bajos.

Los Países Bajos representan solo el 10 % del volumen de producción, pero equivalen el 60% de las exportaciones mundiales. Desde la década de 1990, la producción se ha desplazado hacia países donde las condiciones climáticas pueden proporcionar una producción durante todo el año con bajos costos laborales, siendo Colombia, Ecuador, Kenia y Etiopía los mayores productores del mundo. Si bien existen controles, implican enormes implicaciones para el impacto ambiental de la industria.

Según el podcast de Scientific American, dado que las rosas generalmente se cultivan en climas más cálidos como América del Sur, resulta necesario que para los mercados de Estados Unidos, África y para los europeos, las flores tengan que ser transportadas hacia todo el mundo a través de vuelos aéreos,  y también deben ser acondicionadas en camiones con control de temperatura y almacenados durante la noche en cajas frías.

Para los enamorados del Reino Unido o Europa, un estudio realizado en 2007 por la Universidad de Cranfield en Inglaterra encontró que 12,000 rosas kenianas dieron como resultado 6,000 kg de CO2, mientras que la cantidad equivalente cultivada en un invernadero holandés emitió 35,000 kg de CO2.

La contaminación química es un problema. La industria de la flor cortada es un proceso de producción de ciclo corto que requiere el uso extensivo de agroquímicos que tienen un efecto negativo en el suministro de agua, la calidad del aire y el suelo. Las rosas también necesitan riego y el uso de efectivos pesticidas para que se vean lo más bellas posible. También es preocupante el lugar donde se cultivan las flores: bosques nativos y numerosos humedales de todo el mundo han sido desplazados para dar paso a las plantaciones florales en los que el escurrimiento de los pesticidas ha tenido un impacto masivo en la vida silvestre local.

La industria tiene un estatus regulatorio poco estricto porque las flores no son cultivos comestibles y están exentas de las regulaciones sobre residuos de pesticidas, aunque llevan significativamente más pesticidas de los permitidos en los alimentos. El metilbromuro, por ejemplo, es un químico tóxico peligroso para los seres humanos sumamente utilizado en el rubro, cinco veces más potente que el dióxido de carbono y destructivo para la capa de ozono.

El uso del agua también es un problema. Cada vez más, el agua virtual se exporta a través del comercio internacional desde algunos de los países con mayor estrés hídrico. Por ejemplo, las flores cortadas representan el 45 por ciento de las exportaciones de agua virtual de Kenia. La controversia rodea al lago Naivasha, con más de la mitad de la extracción de agua proveniente de la industria de la floricultura. Sin embargo, las flores proporcionan medios de vida.

La regulación es necesaria. En Etiopía, donde se han planteado serias preocupaciones ambientales, el área total de tierra cubierta de flores aumentó de menos de 100 hectáreas a fines de la década de 1990 a más de 1200 hectáreas en 2008 (más de 990 hectáreas o el 82% es para el cultivo de rosas). Las ganancias del sector de la floricultura ascienden exponencialmente año a año. Si bien se han creado pautas gubernamentales y colectivos para garantizar los estándares, la proporción de adoptantes permanece baja. Los estándares surgen a través de Fairtrade y las flores certificadas de forma sostenible, pero se necesita hacer mucho más.

El mercado es frágil. Los defensores pueden argumentar que la industria de la floricultura emplea a miles de personas. Sin embargo, la industria es vulnerable a factores externos, como las tasas de cambio, los precios del petróleo, el cambio climático y la inflación.

China también se ha convertido en un gran productor y exportador de productos de floricultura en Asia. Según las estadísticas oficiales, el valor estimado de la producción de flores y plantas en China aumentó en un 150%, de 6.000 millones de euros en 2009 a 15.000 millones de euros en 2013. Se agrega hasta el 90% del precio minorista de una rosa después de que las flores llegan a Estados Unidos o Europa. Proyectándose hacia el futuro, China planea convertirse en el mayor exportador de flores en Asia y el segundo a nivel mundial después de los Países Bajos.

Independientemente de si las rosas se cultivan en los invernaderos de Yunnan, en los campos de Holanda o en los bosques de Colombia y Ecuador, debemos reflexionar acerca del uso de la tierra.

A nivel mundial, se estima que hay 2 mil millones de hectáreas de tierra degradada, aproximadamente el doble del tamaño de China, con oportunidades de restauración. Este Día de San Valentín puede valer la pena considerar el valor de este símbolo de amor construido culturalmente y observar las espinas de sus rosas, que el agua virtual, los productos químicos, la tierra y la mano de obra de los países te brindan.

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